PARA AQUELLOS QUE ODIÉ

El juez Molina Feijó cerró una vez más el segundo cuerpo del expediente y sobre la carátula incolora del mismo volvió a leer el nombre del sumario: «Ortiz Gordon y otros s/ Muertes Dudosas «. Un mecanismo reflejo le indicaba que debía sobreseer definitivamente en la causa por falta de delito, pero algo más íntimo aún, como si fuera una orden de su conciencia se lo impidió…

 

Se sintió irritado. Con quince años de actuación como juez del crimen estas dudas ya no solían presentársele y menos a esta altura de la investigación en la que los peritos, testigos e informes ya habían agotado los aportes probatorios de la Fiscalía y de la defensa.

 

Un llamado telefónico a su despacho interrumpió sus meditaciones. Su mujer le recordaba que eran las nueve de la noche y que lo estaba esperando para cenar. Respondió que no, que se le haría tarde porque debía terminar con su trabajo atrasado. Luego de colgar y de tomar un último mate «lavado» volvió a concentrarse en la secuencia de los hechos que le preocupaban:

 

Imputado: Joaquín Spencer, casado, dos hijos, de profesión arquitecto.

Víctimas: Federico Ortiz Gordon, su esposa Noralí y el hijo de ambos, Gustavo de tan solo seis años de edad.

Muertes: dudosas, por asfixia provocada por un fatídico escape de gas, todo ello la primera noche de inaugurada la nueva casa de los Gordon, proyectada y ejecutada por Spencer…

 

Para la defensa, una casualidad, a lo sumo un perdonable error técnico y humano.

Para la Fiscalía , un premeditado y alevoso homicidio múltiple…

 

Molina Feijó volvió a leer el alegato del Fiscal Cifuentes. Indudablemente era brillante y máxime, conociendo la honestidad intelectual de este viejo abogado que, desde la cabeza del sumario, estaba plenamente convencido de la culpabilidad del arquitecto. En las condiciones técnicas que Spencer había dejado colocado el equipo térmico de calefacción de la nueva casa, era indudable que debía producirse la pequeña fuga de gas que había originado la tragedia. El dictamen técnico del ingeniero también parecía contundente y estaba avalado por el informe de la firma importadora del equipo.

 

También parecía estar probado el móvil de Spencer, que no era otro que vengarse de las humillaciones a que permanentemente lo sometía el viejo y rico Ortiz Gordon, entre las que particularmente, se destacaban el hecho de obligarlo a vivir en la obra y remitirle instrucciones por escrito todos los días, puntualmente a las seis de la mañana por intermedio de su cadete.

 

También estaba ese testimonio bastante oscuro del paisajista, que sugería una fugaz relación sentimental entre Spencer y Noralí, la joven y atractiva mujer de Ortiz Gordon.

 

De acuerdo al informe forense las muertes habían ocurrido entre las tres y las cinco de la mañana del 6 de Julio.

 

Para la defensa, hábilmente conducida por el Dr. Griffi, todas las circunstancias demostraban la presencia de un conjunto de imponderables que a la postre hacían aparecer a Spencer como un verdugo, cuando en realidad sólo se trataba de un austero profesional que había puesto todo su empeño, talento y energía para producir la majestuosa vivienda encomendada.

 

La situación de duda de agravaba por el sistemático silencio de Spencer a lo largo de todo el proceso, que se había negado terminantemente a efectuar ningún tipo de declaración, amparado en la garantía constitucional que prescribe que nadie está obligado a declarar contra sí mismo.

 

La lectura prolija del sumario le recordó al juez la ausencia del informe psicológico que siempre imponía de oficio en todas las investigaciones complejas y ansiosamente marcó el número telefónico de una vieja amiga psiquiatra en la que confiaba, a pesar de sus reservas con relación a toda la psicología… Dos días más tarde Molina Feijó y la doctora Querís se entrevistaban en el Palacio de Justicia.

-Bueno, así que con vos rompió el silencio.

-Sí, tuve suerte, es un tipo muy atormentado.

-¿Atormentado por la culpa?

-No, fíjate vos que está muy relajado y muy ajeno al delito que estás investigando.

-¿Y por qué decís entonces que está atormentado?

-No sé, tendría que hacer un análisis más profundo, pero sospecho que está encubriendo algo traumático de su pasado que se me ocurre como hipótesis, debe estar ligado a esta bendita obra y su escape de gas.

-¿Qué te hace pensar eso?

-Mirá, en la psiquiatría nos esforzamos por encontrar la causalidad tras la aparente casualidad. Vos estás investigando homicidios por asfixia y yo entrevisté a un arquitecto asfixiado desde su niñez.

-Escuchame… vos sabés que respeto lo tuyo, pero me parece medio tirado de los pelos…

-No vayas a creer. Por lo que pude ver y oír existe un tremendo paralelismo entre el padre de Spencer y el tal Ortiz Gordon. Ambos eran autoritarios, castradores y lo humillaban permanentemente y otro tanto pudo ocurrir en la mente el arquitecto al trazar una comparación entre su madre atractiva y seductora -inclusive con sus propios amigos de la adolescencia- con la famosa Noralí que tiene los antecedentes que vos conocés… (risas).

-Bueno, pero ante una situación así, lo lógico entonces hubiera sido que los matara de un balazo.

-No; la personalidad de Spencer no es impulsiva. El no es un paranoico o un histérico y si llegara al crimen lo haría seguramente a través de un ritual obsesivo, disfrutando y planificando paso a paso las muertes…

-Tu planteo es interesante, pero para mí no pasa de ser una suposición. Te imaginarás que no puedo condenar en base a…

-Perdóname Luis, te voy a proponer algo que puede resultar. Si yo fuera como vos, organizaría una audiencia en la casa de los Ortiz Gordon y trataría de hacerles las preguntas allí mismo, en el lugar donde se produjeron las muertes…

 

Cuarenta y ocho horas más tarde y luego de notificar telefónicamente a la Fiscalía y a la defensa que constituiría el Tribunal en el lugar de los hechos. El juez Molina Feijó ingresó con su secretario y la doctora Querís en la fastuosa residencia de las víctimas. Allí lo esperaban el Fiscal, el Abogado defensor que había tratado infructuosamente de posponer la diligencia y el arquitecto Spencer que por primera vez parecía muy nervioso y alterado. También había concurrido a pedido del juez el ingeniero especializado en cuestiones térmicas que había actuado como perito a lo largo del sumario. A pedido del juez, todos se sentaron en los amplios canapés frente a la chimenea.

– Estimados señores -dijo Molina Feijó-, he convocado a esta audiencia porque quiero fallar este proceso con la absoluta convicción de que he sido justo. Muchas veces, aún pasados muchos años desde la finalización de una causa, los jueces seguimos sintiendo sobre nuestras espaldas el peso de no habernos exigido a fondo en una investigación o no haber extremado la cautela al apreciar la eficacia de las pruebas rendidas. Le voy a decir algo Spencer… su silencio absoluto a lo largo del sumario no me ayuda a comprenderlo ni a valorar su conducta debidamente. Aunque ese sea su derecho, también es el mío decirle lo que le estoy diciendo.

También quiero decirle que, a pesar de ser usted el imputado y yo el juez, lo valoro como profesional de la arquitectura. Su talento se ve reflejado con sólo dar una ojeada a cualquier rincón de esta obra que me resulta extraordinaria.

 

Spencer, que permanecía con la mirada cabizbaja, irguió su figura y le dijo:

-¿En serio le gusta?

-Sí, ya se lo he dicho.

-Mire Señoría, fue mi pasión desde el día en que me recibí. Esta casa la fui concibiendo en mi mente poco a poco, mejorando cada detalle, cada milímetro del proyecto, agregando y quitando en la medida en que me lo aconsejaba la experiencia y con la ilusión de que algún día confiaran en mí y me permitieran realizarla más allá del papel…

-Bueno, pero al fin confiaron en usted.

-No, todo fue una ilusión. A veces creía que sí, pero después me daba cuenta de que hiciera lo que hiciera siempre aparecían con alguna revista francesa o italiana con la que me probaban que no había usado la técnica adecuada o el material correcto… era muy doloroso.

-Y ¿Qué hacía usted?

-Yo luchaba para conformarlos y en los últimos meses ni siquiera dormía, repasando por la noche los planos de detalles, ajustando y puliendo con mis propias manos la carpintería… en fin, todo era poco… siempre me humillaban y despreciaban…

-Y ¿Por qué no se alejó de la obra? ¿Por qué no la delegó en algún otro profesional?

-Ya se lo dije. Era mi última esperanza, mi última salida, lo único que me quedaba para que ellos volvieran a confiar en mí, como cuando era chico… pero no pude…

 

El arquitecto bajó la mirada y hundió sus hombros totalmente agotado frente a la mirada desconcertada de casi todos.

 

La doctora Querís preguntó si por esa razón había matado a sus padres…

Con el último aliento, Spencer la miró y dijo… Sí. ..

 

Por Daniel Enrique Butlow

Abogado y Profesor titular honorario de arquitectura e ingeniería legal

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