UNA LÁGRIMA POR EL PARTENÓN

Un campanario lejano anunció la medianoche

y como lo venía haciendo desde hacía 2400 años Calícrates volvió a despertarse.

El espectáculo nocturno de la Acrópolis

dominando Atenas seguía siendo aún hoy fascinante,

especialmente por el reflejo de la luna llena sobre las azules aguas del mar Egeo,

que estaba calmo como siempre. ..

Los turistas ya se habían retirado, cesando el constante retumbar de sus calzados sobre el piso calcáreo, que se había transformado, aunque nadie lo sabía, en su morada eterna, porque allí solo a cien metros del Partenón estaba enterrado su cuerpo junto con el de lktinos, el otro gran arquitecto del templo de la diosa Atenea Parthenos, la virgen brotada de la frente de su padre Zeus que había inmortalizado el escultor Fidias con la estatua de oro y marfil que habían robado y fundido los turcos.

Un fuerte aroma a romeros y olivos pareció devolverle vida a su alma. Ni en los peores días de guerra, invasiones y sacrificios había podido dejar de olfatear esa maravillosa combinación de perfumes que parecían haberse incrustado en las rocas y hasta en los cuerpos de las cariátides que visitaba todas las noches al pasar frente al Erectión.

Pero su mirada volvió a concentrarse en las ocho columnas frontales del Partenón. Algo nuevo y desconocido estaba atacando las primorosas columnas dóricas que habían sobrevivido incluso al ataque que en el año 1687 había efectuado el general veneciano Morosini volando, literalmente, la construcción que había sido transformada en polvorín por los turcos.

 

Este nuevo enemigo no tenía soldados, ni usaba garrotes o pólvora pero insólitamente atacaba desde adentro con implacable precisión y poder destructivo… era el óxido Al verlo, Calícatres enmudeció y pudo recordar casi con exactitud las órdenes de Pericles contenidas en el Programa que personalmente había creado para embellecer la Acrópolis. Imaginó que el sabio estadista jamás habría permitido una restauración como la realizada luego del terremoto de 1894 en la que se habían colocado varillas de hierro para unir y consolidar los miembros arquitectónicos que se restauraban.

 

Pensativo y con cierta decepción consultó algunos nuevos libros de ingeniería que había conseguido en la Cámara Técnica de Grecia; allá en ese viejo edificio de la calle Karageorgia donde ahora se reunían los arquitectos e ingenieros griegos para efectuar sus deliberaciones…

 

Calícrates leyó con atención y descubrió que la conjunción del hierro con la cal producía lo que ahora se llamaba sulfuro ferroso, algo parecido a una de las enfermedades de las piedras que ya en su época también se conocían. Le asombró un ejemplo de aplicación práctica en el que se señalaba que una varilla de hierro de 10 mm . podía ser consumida en un mortero de cal en un plazo no mayor de un año.

 

Minutos más tarde hojeó el nuevo tratado de resistencia de materiales y allí se enteró de que el bronce -con el que los actuales arquitectos pensaban sustituir las varillas-, tenía una resistencia a la tracción 10 veces menor que el hierro comprendiendo que en nombre de su milenaria historia y de sus propios derechos intelectuales algo tenía que hacer… pero qué???

 

Ya no eran tiempos para dirigir un mensaje desde una roca y mucho menos si uno decía que era en verdad Calícrates, porque ahora se corría el riesgo de ser encerrado por escándalo público… o algo más grave aún relacionado con lo que antiguamente se llama posesión diabólica.

 

Tampoco podía escribir, ya que ahora carecía de una vinculación editorial que permitiera hacer públicas sus ideas, al margen de no manejar con fluidez el nuevo alfabeto griego tan renovado a lo largo de 24 siglos.

 

La sensación de impotencia lo invitó a reflexionar y a sentir mucha tristeza.

 

Pensó que su majestuosa diosa ya no tenía -al menos vivos- a sus fieles seguidores y que en definitiva el viejo templo solo era utilizado como referencia turística para viajeros desconocidos y como fuente de recursos por las autoridades gubernamentales.

 

Recordó una frase actual que aún siendo actual lo había impactado.

 

Decía que la arquitectura era el testimonio insobornable de la historia de la humanidad… y pensó que más allá del paso de los siglos, de las guerras o de los óxidos, su vieja planta de Partenón había hecho volar tantas semillas por el mundo que ahora podría descansar en paz.

Calícrates lloró y al amanecer volvió a su tumba…

Por Daniel Enrique Butlow

Abogado y Profesor titular honorario de arquitectura e ingeniería legal.

Formulario de contacto

Su nombre (requerido)

Su e-mail (requerido)

Su mensaje

×